Se enteraron de la inevitable llegada del fin del
mundo, he de decir que la noticia se había propagado rápidamente por doquier,
desde los barrios mas humildes hasta los mas lujosos, incluso en los grandes
castillos y mansiones no se hablaba de otro asunto en las sobremesas que no
fuera la llegada del final.
Algunas personas se lo tomaron a broma, se hicieron
películas, espectáculos y monólogos, otros escribieron artículos de prensa
desmintiendo que tal suceso ocurriría tan prematuramente, sobre todo porque se
negaban a creer que algo tan importante fuera a pasar en un solo día, aunque
también es cierto que para construirlo solo se necesitaron siete, algo
increíble pero cierto según la madre de mi primo Marcos, otro grupo decidió
lucrarse inventando diferentes tipos de artilugios, Bunkers y hasta naves
espaciales que mantendrían con vida-según ellos a todo aquel que tuviera el
dinero para pagarlo, otros sencillamente decidieron sentarse a esperar, ya que
como bien decía la noticia era algo inevitable.
Pero ellos, los García, se lo tomaron tan en serio
que todo su capital que era muchísimo,
lo pusieron en función de aquello que creían era lo más coherente, disfrutar de
sus últimos supuestos 153 días en la tierra, y como si fuera poco, para aumentar
dicha suma vendieron todas sus propiedades, coches de lujo, casas en la playa y
hasta la ropa de marca que aun guardaban nueva de paquete en sus inmensos
guardarropas.
Primero fueron los caprichos de ella, conocer
Venecia, siempre le había resultado interesante eso de andar por las calles de
la ciudad en góndolas (o como ella las llamaba cariñosamente, pateras de lujo),
como si de un inmenso mar se tratase y como si en cada esquina fuera a
encontrar un nuevo continente, porque lo de ella era eso, conocer lugares,
habían trabajado tanto que a pesar de su riqueza no habían tenido tiempo de
hacerlo: Austria, holanda, el Tíbet, Madagascar, Guantánamo, durante 60
días no pararon de viajar, llevando consigo solo lo puesto y las
suntuosas tarjetas bancarias.
Según contaban algunos diarios de la época,
una pareja estuvo regalando grandes sumas de dinero por los países escandinavos
a pie de calle.
Llegó el turno de él, sus gustos y deseos no eran
menos que los de ella, aunque en cierto modo eran un poco más altruistas, o eso
les hacía creer a todos, le encantaba salir en la televisión como el generoso
hombre que hacia grandes donaciones a las organizaciones no gubernamentales
dedicadas a la investigación de enfermedades, algo que no era el lo absoluto
malo, si no fuera porque el fin era realmente hacerse lo mas famoso que
pudiera, cuentan que una vez, estando en una aldea al norte de África, compró
un elefante en dos millones de dólares a un señor que lo único que tenia en su
vida era aquel animalito, mostrando así
su benevolencia, dándolo de comer a la gente en una gran fiesta celebrada en su
honor.
Cuando ya estaban sin dinero, curiosamente solo
faltaba una semana para la esperada -pero jamás deseada- fecha, entonces
regresaron a su ciudad natal, subieron a la parte más elevada de la misma, para
desde lo alto no perderse de ningún modo lo que seria el más grande espectáculo
de la historia de la humanidad, el fin de la misma.
Unos cuantos años mas tarde se les puede ver de vez
en cuando con sus gastados tapers en los comedores sociales, y en las noches
los puedes encontrar debajo del puente que une la ciudad con el parque de
atracciones “Fin del mundo” construido meses después de que el suceso que
aterraba a muchos se convirtiera en una gratificante leyenda urbana, y esto era
cuando no encontraban sitio para dormir en uno de los cajeros bancarios donde
años atrás guardaban su fortuna.

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