domingo, 23 de septiembre de 2012

EL FIN DEL MUNDO



Se enteraron de la inevitable llegada del fin del mundo, he de decir que la noticia se había propagado rápidamente por doquier, desde los barrios mas humildes hasta los mas lujosos, incluso en los grandes castillos y mansiones no se hablaba de otro asunto en las sobremesas que no fuera la llegada del final.
Algunas personas se lo tomaron a broma, se hicieron películas, espectáculos y monólogos, otros escribieron artículos de prensa desmintiendo que tal suceso ocurriría tan prematuramente, sobre todo porque se negaban a creer que algo tan importante fuera a pasar en un solo día, aunque también es cierto que para construirlo solo se necesitaron siete, algo increíble pero cierto según la madre de mi primo Marcos, otro grupo decidió lucrarse inventando diferentes tipos de artilugios, Bunkers y hasta naves espaciales que mantendrían con vida-según ellos a todo aquel que tuviera el dinero para pagarlo, otros sencillamente decidieron sentarse a esperar, ya que como bien decía la noticia era algo inevitable.
Pero ellos, los García, se lo tomaron tan en serio que todo su capital que  era muchísimo, lo pusieron en función de aquello que creían era lo más coherente, disfrutar de sus últimos supuestos 153 días en la tierra, y como si fuera poco, para aumentar dicha suma vendieron todas sus propiedades, coches de lujo, casas en la playa y hasta la ropa de marca que aun guardaban nueva de paquete en sus inmensos guardarropas.
Primero fueron los caprichos de ella, conocer Venecia, siempre le había resultado interesante eso de andar por las calles de la ciudad en góndolas (o como ella las llamaba cariñosamente, pateras de lujo), como si de un inmenso mar se tratase y como si en cada esquina fuera a encontrar un nuevo continente, porque lo de ella era eso, conocer lugares, habían trabajado tanto que a pesar de su riqueza no habían tenido tiempo de hacerlo: Austria,  holanda, el Tíbet, Madagascar, Guantánamo, durante 60 días no pararon  de viajar, llevando consigo solo lo puesto y las suntuosas tarjetas bancarias.
Según contaban  algunos diarios de la época, una pareja estuvo regalando grandes sumas de dinero por los países escandinavos  a pie de calle.
Llegó el turno de él, sus gustos y deseos no eran menos que los de ella, aunque en cierto modo eran un poco más altruistas, o eso les hacía creer a todos, le encantaba salir en la televisión como el generoso hombre que hacia grandes donaciones a las organizaciones no gubernamentales dedicadas a la investigación de enfermedades, algo que no era el lo absoluto malo, si no fuera porque el fin era realmente hacerse lo mas famoso que pudiera, cuentan que una vez, estando en una aldea al norte de África, compró un elefante en dos millones de dólares a un señor que lo único que tenia en su vida era aquel animalito,  mostrando así su benevolencia, dándolo de comer a la gente en una gran fiesta celebrada en su honor.
Cuando ya estaban sin dinero, curiosamente solo faltaba una semana para la esperada -pero jamás deseada- fecha, entonces regresaron a su ciudad natal, subieron a la parte más elevada de la misma, para desde lo alto no perderse de ningún modo lo que seria el más grande espectáculo de la historia de la humanidad, el fin de la misma.
Unos cuantos años mas tarde se les puede ver de vez en cuando con sus gastados tapers en los comedores sociales, y en las noches los puedes encontrar debajo del puente que une la ciudad con el parque de atracciones “Fin del mundo” construido meses después de que el suceso que aterraba a muchos se convirtiera en una gratificante leyenda urbana, y esto era cuando no encontraban sitio para dormir en uno de los cajeros bancarios donde años atrás guardaban su fortuna.

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